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El siguiente es el diálogo entre Salvo y Bolognesi, tal cual se lo contó el mayor Juan de la Cruz Salvo al periodista chileno Benjamín Vicuña Mackenna, quien lo publicó en la página 1125, tomo III de la "Historia de la guerra del Pacífico," impreso en Chile a fines de 1881. Benjamín Vicuña Mackenna en la página 1127 confirma que quien le contó la respuesta de Bolognesi fue el mismo mayor Salvo.

página 1125 y 1126

A las siete de la mañana del día 5 se dirijió en consecuencia aquel jefe (J de la Cruz Salvo) desde su batería acompañado de un corneta; i recibido a corta distancia por el jefe de estado mayor La Torre i el coronel Ugarte, fue llevado hasta la casa que habitaba el coronel Bolognesi, al pie del Morro, dando vista con su corredor pintado de azul a la calle principal del pueblo. Iba el parlamentario con los ojos, vendados por un pañuelo común de bolsillo; pero a poco se destacó a galope un oficial de la comitiva, i trayendo de regreso otro de tela riquísima i profusamente perfumado lo cambió, a la moda de Lima, patria de las pastillas, del sahumerio i de los sahumadores.

Llegado a la presencia del jefe de la plaza el oficial chileno, su conferencia fue breve, digna i casi solemne de una i otra parte. El coronel Bolognesi había invitado al mayor Salvo a sentarse a su lado en un pobre sofá colocado en la testera de un salón entablado pero sin alfombra, i sin más arreos que una mesa de escribir i unas cuantas sillas. I cuando en profundo silencio ambos estuvieron el uno frente al otro, entablóse el siguiente dialogo, que conservamos en el papel desde una época mui inmediata a su verificación, i que por esto mismo fielmente, copiamos.

Lo oigo a Ud., señor dijo Bolognesi con voz completamente tranquila.

Señor, contestó Salvo. El jeneral en jefe del ejército de Chile, deseoso de evitar un derramamiento inútil de sangre, después de haber vencido en Tacna al grueso del ejército aliado, me envía a pedir la rendición de esta plaza, cuyos recursos en hombres, víveres i municiones conocemos.

Tengo deberes sagrados, repuso el gobernador de la plaza, i los cumpliré quemando el último cartucho.

Entonces está cumplida mi misión, dijo el parlamentario, levantándose.

Lo que he dicho a Ud., repuso con calma el anciano, es mi opinión personal; pero debo consultar a los jefes; i a las dos de la tarde mandaré mi respuesta al cuartel jeneral chileno.

El coronel Bolognesi, como Lavalle i como García Calderón, quería “ganar tiempo”.
Pero el mayor Salvo, más previsor que nuestros diplomáticos, le replicó en el acto: No, señor comandante jeneral. Esa demora está prevista (no lo estaba), porque en la situación en que respectivamente nos hallamos, una hora puede decidir de la suerte de la plaza. Me retiro.

Dígnese Ud. aguardar un instante, replicó el gobernador de la plaza. Voi a hacer la consulta aquí mismo, en presencia de Ud.

I ajitando una campanilla llamó un ayudante al que impartió orden de conducir inmediatamente a consejo a todos los jefes.

Mientras estos llegaban conversaron los dos militares sobre asuntos jenerales; pero el jefe sitiado insistió sobre la necesidad de regularizar la guerra, lo que pareció traicionar cierta ansiedad por su vida i la de los suyos: mas no se llegó a una discusión formal, porque con dilación de pocos minutos comenzaron a entrar todos los jefes a la sala. El primero de ellos fué Moore, vestido de paisano, pero con corbata blanca de marino; en seguida Alfonso Ugarte, cuya humilde figura hacia contraste con el brillo de sus arreos; el modesto i honrado Inclán, el viejo Arias, los coroneles Varela i Bustamante, los comandantes O'Donovan, Zavala, Sáenz Peña, los tres Cornejo i varios más.

Cuando estuvieron todos sentados, en pocas i dignas palabras el gobernador de la plaza reprodujo en sustancia su conversación con el emisario chileno, i al llegar a la respuesta que había dado a la intimación, se levantó tranquilamente Moore i dijo: “Esa es también mi opinión”.

Siguieron los demás en el mismo orden, por el de su graduación, i entonces, dejando a su vez su asiento el mayor Salvo, volvió a repetir: “Señores, mi misión está concluida…..Lo siento mucho.....” I luego, alargando la mano a algunos de los jefes que le tendían la suya cordialmente, fue diciéndoles sin sarcasmo pero con acentuación: “Hasta luego!....".

Despedido enseguida en el mismo orden en que había sido recibido, llegaba el mayor Salvo a su batería, a las 8:30 de la mañana, y sin cuidarse mucho de decir cuál había sido el resultado de su comisión, pedía un alza y un nivel para apuntar sus piezas de campaña a los fuertes del norte que tenía a su frente"


página 1127

La escena y el diálogo de la intimación de Arica, nos fue referida por el mayor Salvo a los pocos días de su llegada a Santiago, en junio de 1880, conduciendo en el Itata, los prisioneros de Tacna y Arica, y la hemos conservado con toda la fidelidad de un calco

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