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En el Perú y América Latina en general existe una gran fuente de teatralidad presente en la memoria de las fiestas patronales, por los múltiples roles que convocan los diferentes niveles de representación que se integran, desde el encargado de la fiesta, mayordomo o carguyoc, que tiene que sustentar un comportamiento representacional, hasta los grupos de danzantes, casi siempre portando máscaras; éstos preservan la memoria y afirman la identidad local por medio del juego simbólico que propician en los motivos escritos en la coreografía y en el comportamiento escénico que sustenta su cuerpo en acción.

Los danzantes encarnan una memoria corporal que está escrita en sus respectivas mudanzas, en los signos de los trajes, en sus accesorios, así como también en las canciones, en la música y sus respectivos instrumentos musicales. Su danzar tiene que ver con una fe y una promesa que cumplir, por eso no escatiman ningún esfuerzo ni dinero para concretar su participación. Pagan por ello invirtiendo en su traje, máscara y accesorios, así como en los costos que demanda organizar la fiesta (comida, bandas de músicos, arreglos del templo y otros). Esta actitud los emparenta con la comunidad que asiste también movida por una fe y un diálogo ancestral con la naturaleza y las deidades tutelares, como se evidencia en la fiesta de la Virgen de la Candelaria en Puno, que se inicia con un ritual de fuego como elemento que simboliza la vida.

La fogata es una ofrenda para armonizar el clima y para evitar que la helada y el granizo malogren los sembradíos de papa, coca y frutos en flor. Así, el fuego purificador es un canal de conversación con las deidades tutelares para que los sembradíos no sean perjudicados. También es tiempo de hablar con la ‘pacha mama’ o madre tierra, deidad de la fertilidad que vive en el Uku pacha, el mundo interior, desde donde ofrece los frutos que dan vida a los seres humanos y los animales; por eso, dentro de la lógica de la reciprocidad andina, se le retribuye haciendo rituales de agradecimiento conocidos como pagos o despachos, con vino, semillas, caramelos, etc. En esta fiesta tenemos el ejemplo de la Danza de la Diablada y del diablo como personaje, de los que, rastreando orígenes, podemos trazar una interesante trayectoria según las transformaciones que han tenido en el tiempo. Sobre los orígenes de la Diablada aún se indaga y debate, pero con seguridad su partida de nacimiento se remonta a toda la zona altiplánica que une el Perú y Bolivia por el lago Titicaca desde el período prehispánico. Una leyenda de la fiesta procedente de Oruro, Bolivia, relata que hace miles de años, Wari deidad altiplánica, soltó serpientes gigantes sobre la región habitada por los uros. Cuando los reptiles estaban a punto de acabar con ellos y destruir sus poblados lanzando lenguas de fuego por la boca, apareció de pronto la Virgen de la Candelaria, una virgen morena que convirtió a los ofidios en piedra. Desde entonces se le rinde culto.

Las serpientes flamígeras se transforman en los diablos danzantes de ahora, ellos danzan alrededor de la Virgen hasta que son expulsados por el arcángel San Gabriel y su espada. En la representación escénica, el dominio de los diablos por el arcángel es la transposición de una visión proveniente de la religión católica. Desde el punto de vista andino, antes de la colonización, los espíritus del saqra, supaya, reinterpretados luego como el diablo, no eran considerados de naturaleza maligna, sino como espíritus protectores. En la vestimenta de la Diablada se encuentran sapos, serpientes y arañas, los mismos que son considerados en el mundo andino como seres protectores, símbolos de buen augurio y suerte, que anuncian el inicio y final de las actividades agrícolas; a diferencia de la visión europea que asume estas representaciones como malignas. Sin embargo, como no pudieron ser totalmente erradicados, es elocuente la permanencia de íconos de origen prehispánico como la serpiente, símbolo andino de la sabiduría, que aparece sobre la nariz de la máscara del diablo en la atmósfera pagana que reina en Puno durante la primera quincena de febrero.

El arcángel San Miguel viste un blusón con mangas bombachas, falda acampanada y botas altas; porta peto, un casco metálico romano y pequeñas alas. Su máscara es fiera. En la mano derecha lleva una espada de rayo y en la izquierda un escudo. A su vez, se han incorporado las chinas diablas, siete personajes femeninos representados por hombres que simbolizan los pecados capitales. Juguetonas y coquetas con los varones, ellas bailan con acrobáticos saltos entrando y saliendo constantemente de la comparsa. Visten blusa, pollera y botas a media caña y llevan trenzas y un pañuelo en cada mano. La china diabla tiene ojos vivaces de grandes pestañas y su respingada nariz termina en dos puntas. Algunas culebrillas reptan sobre su frente. Dos pequeños cuernos, una peluca desordenada y una breve corona completan su imagen. El dominio de los diablos por el arcángel es la transposición en la danza de una jerarquía proveniente de una cosmovisión distinta. Sin embargo, estos caminos no niegan los alcances míticos y rituales de la fiesta y la danza originales, los cuales aparecen hoy sometidos, camuflados y mezclados en una estructura festiva cristiana en honor de la Virgen de la Candelaria.

La Diablada no fue siempre como ahora. Un largo proceso de transformaciones ha ido modificando las características propias del diablo europeo. Hoy vemos una cuadrilla de diablos encabezados por el diablo mayor o caporal, el gran personaje de la fiesta, quien porta una inmensa máscara con corona de oro (Quri Anchanchu) o plata (Qullqi Anchanchu). Tiene el rostro cubierto de reptiles y víboras de colores que reptan cerca de sus enormes ojos y boca. En el centro de la careta, lagartos verdes de tres cabezas cabalgan sobre su nariz. El caporal luce grandes orejas dentadas, y su boca está delineada con espejos puntiagudos y dotados de fuertes colmillos. Un sapo se asienta en su mejilla o bajo la boca. Tiene cuernos muy grandes y afilados, y siete pequeñas máscaras que representan los pecados capitales. El caporal usa una capa totalmente bordada con hilos de oro y plata y abundante pedrería; es la vestimenta más lujosa. La mirada se vuelve esencial para la relación interactiva que se genera entre danzante y espectador, por esta razón los maestros artesanos de la máscara saben que en los ojos se concentra la vida, pero el enmascaramiento involucra no sólo el rostro sino todo el cuerpo que se transforma estimulado por el vestuario y sus accesorios complementarios, a saber: pañuelos, pelucas, sombreros, bastones, etc., esa otra piel del cuerpo nuevo que despierta una memoria escrita en el alfabeto de su danza.

En busca de la teatralidad andina
La fiesta patronal: una fuente de teatralidad
Miguel Rubio, Perú
X ENCUENTRO PARA LA PROMOCIÓN Y DIFUSIÓN DEL PATRIMONIO INMATERIAL DE PAÍSES IBEROAMERICANOS
Fiestas y rituales
Lima, Perú
Noviembre de 2009

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