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Orson Wells toma pisco sour en 1942 en el bar del Hotel Bolivar. Tanús Simons y María Gracia Valle (del Taller de Perio­dismo de Inves­ti­ga­ción de la UPC) ubicaron esta entrevista de Alfonso Tealdo a Orson Wells publicada el 3l de agosto de 1942 en el diario La Prensa.

Con Orson Welles
Por Alfonso Tealdo

¡Orson Welles! El hom­bre que hizo tem­blar a Nueva York. Aquí está, señores.
–¿Whisky con soda?
–¡No! Peru­vian drink.
–¡Pisco sauer!
–Trago peruano.
Su voz parece la del radio cuando se le ha puesto todo el volu­men. ¿No recuer­dan uste­des? Un día a este mucha­cho de 27 años, allá, en los Esta­dos Uni­dos, se le ocu­rrió radio-teatralizar la obra de H. G. Wells: “La Gue­rra de los Mun­dos”. Y fue terri­ble. Por la Quinta Ave­nida avan­za­ron los ejér­ci­tos tre­men­dos de los mar­cia­nos. Una mujer, ultra­jada por un hom­bre de Marte, se quitó la vida. Todos vie­ron a los habi­tan­tes del pla­neta gue­rrero. Vibró hasta la médula la ciu­dad más popu­losa del mundo. Tem­bla­ron como niños los ras­ca­cie­los. Y aquí está con noso­tros, en el bar del Hotel Bolí­var. Sí, existe Orson Welles. Saco azul a rayas blan­cas, cor­bata roja. Igual a todos. Aire mon­gó­lico en los ojos. Acciona como un títere. Pero no es un títere. Es un hom­bre excep­cio­nal. Pro­fun­da­mente sin­cero. Cuando usted le dice:
–”El Ciu­da­dano (Kane)” es la mejor pelí­cula que se ha hecho en los Esta­dos Uni­dos, él responde:
–¡Yes!
Sin que le bri­llen de vani­dad los ojos. Y es ver­dad. Natu­ral­mente, usted no estuvo entre los que se salie­ron cuando se exhi­bió esa mag­ní­fica pelí­cula. Usted com­pren­dió hasta el último cen­tí­me­tro de celu­loide. ¿Verdad?
Orson Welles. Nació en Wis­con­sin. Fue con­ce­bido en Río de Janeiro. Se educó en la India. A los seis años, pierde a su madre; a los doce, a su padre. Huér­fano. ¿No es así? Y al hablar de esto pres­cin­di­mos de los deta­lles. ¡Para qué! Para qué, si aquí, frente a noso­tros, está él, el “self made man”.
–¡Pisco sauer!
–No, no estoy can­sado. Conversemos.
–Sí, cua­tro meses tra­tando de encon­trar tema para un film. Vis­tas… ensa­yos. Nada más. No he encon­trado nada con con­te­nido intelectual.
Esa es su res­puesta cuando le pre­gun­ta­mos por el Car­na­val de Río. ¿Y las bahia­nas con sus tra­jes sen­sua­les, con todos los colo­res de la pasión? ¡Nada! Claro. Orson Welles no es un comer­ciante. Oídlo:
–No hay eso que lla­ma­mos Sud Amé­rica. Ese tér­mino no sig­ni­fica nada.
Él busca ambien­tes. Todos somos dife­ren­tes para él. Él quiso reunir cinco cor­tas his­to­rias en un film. Y se regresa sin haber­las encontrado.
–¡Peru­vian drink!
Los ojos se pro­lon­gan en arru­gas cuando piensa.
–¿Cree usted que hay vida en marte?
Y ríe estre­pi­to­sa­mente. Como un muchacho.
–Y entre noso­tros aquí, ¿en la Tierra?
Y se quedó callado, dramáticamente.
–Y ese famoso pánico, allá en Nueva York, cuando usted trans­mi­tió una audi­ción, simu­lando que los mar­cia­nos nos habían inva­dido. ¿a qué lo atri­buye usted? ¿A la téc­nica de la radio o al carác­ter del hom­bre norteamericano?
–¡Pro­testo!
Él cree que cada pue­blo está domi­nado por un ins­tru­mento. En Esta­dos Uni­dos es la radio y nada más.
–Aquí, en el Perú… ¿cree usted?
Y él nos dijo que sí.
Y ríe. Marte, para él, es su prin­ci­pal motivo de risa.
–Yo le hice un gran daño a la radio –nos dice–. Antes de mi obra sobre la inva­sión de los mar­cia­nos se creía que era ver­dad lo que la radio decía. Des­pués no.
–¿Y usted estaba seguro de pro­vo­car un pavor colec­tivo de esas proyecciones?
–Sí.
–¿Por el carác­ter del pue­blo nor­te­ame­ri­cano? ¿O por…
–¡Pro­testo!
Pro­testa y nos queda mirando con los ojos muy abier­tos. Es un gran norteamericano.
–¡Pisco sauer!
–Sí, leo todo el tiempo… Sha­kes­peare… Me gusta más Mozart que Beet­ho­ven… No, román­tico, no: yo soy un clásico.
Y de repente, se queda sor­pren­dido de estar entre noso­tros. Como si fué­ra­mos de Marte. Alguien le pregunta:
–¿Le interesa la elegancia?
Y él responde:
–Sí, cuando existía.
–¿Y la vanidad?
Y no res­pon­dió. Pero des­pués de per­ma­ne­cer callado, y sin con­tes­tar a las dos o tres pre­gun­tas que siguie­ron, dijo:
–La vani­dad es lo menos importante.
–¿Y Kane, el per­so­naje de “El Ciudadano”?
–Era un hom­bre que no creía en nada. Solo creía en su per­so­na­li­dad. ¡Terri­ble­mente cínico! Pero la gente no podía dejar de que­rerlo. Pro­vo­caba una gran admiración.
–La per­so­na­li­dad con­tra la moral?
–Sí; y sólo los gran­des hom­bres pue­den hacer eso.
–¿Y usted lo admira?
–No, me da pena.
De una tra­ge­dia irre­me­dia­ble, Orson Welles hizo la obra de la pie­dad y de la com­pren­sión. Eso fue “El Ciudadano”.
–Escri­tor, desde muy joven. Pri­mero hice his­to­rias detec­ti­ves­cas; des­pués, libros de ense­ñanza. Me encanta edu­car. Es el tra­bajo más impor­tante que hay en la vida: ense­ñar. Y lo difí­cil no es apren­der: lo difí­cil es estimular.
Mucho dinero gana Orson Welles en la radio. Y toda esa ganan­cia la invierte en las fun­cio­nes de su tea­tro “Mer­cury”. Allí repre­senta obras clá­si­cas y de inte­rés social.
–¿Social­mente, cómo quiere usted, Welles, que sea el mundo?
–Cuando durante mis via­jes –nos dijo– veo a la gente a tra­vés de los cris­ta­les del ferro­ca­rril, del auto­mó­vil o del hotel, me gus­ta­ría que cada per­sona de las que con­tem­plo tuviera las mis­mas opor­tu­ni­da­des que yo.
Y luego:
–¿Por qué sólo Orson Welles puede ser un triun­fa­dor? Yo per­te­nezco al uno por ciento de los que pue­den triun­far. ¡Y lo que sería el mundo si todos los que lo mere­cen pudieran!
–¡Pisco sauer!
–Sí, tengo toda la con­cien­cia y el ins­tinto del aris­tó­crata. Me gus­tan las cosas gra­cio­sas de la civi­li­za­ción. Soy un epi­cú­reo. Estoy intere­sado en una nueva aris­to­cra­cia. Odio más a la escla­vi­tud que lo que amo a la aris­to­cra­cia. La aris­to­cra­cia: dejar que cada uno tenga su oportunidad.
Y así ter­minó nues­tra entre­vista con Orson Welles. Y nada más. Así es él. (La Prensa, miér­co­les 5 de agosto de 1942).

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